Hace poco vi
esa viñeta y me quedé pensando. Detrás de cada profesor en el aula, hay una
vida llena de matices. Tengo colegas que hoy están cuidando a un familiar
enfermo, otros que atraviesan momentos difíciles con sus hijos, o que lidian
con el peso de las deudas y la incertidumbre.
A veces
llegamos al aula cansados, preocupados o malhumorados. Pero cuando cruzamos la
puerta del salón, ocurre algo extraordinario: el compromiso con los estudiantes
se impone y lo damos todo por entregar una clase excelente.
A menudo me
pregunto si los docentes somos un poco como esos actores de teatro. Aquellos
que, aun enfrentando la pérdida de un ser querido, suben al escenario porque
«la función debe continuar». En esas horas frente a la clase, los dolores,
tristezas y afecciones personales se suspenden por un instante. Nos entregamos
por completo a la vocación.
A todos los
colegas que día a día enseñan con el corazón herido, incluso con el alma
cansada: mi mayor respeto y admiración.

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